Te hinchas después de comer y ya ni lo cuentas. Tienes el omeprazol en el cajón de la mesilla desde hace tres años. Duermes siete horas y te levantas como si no hubieras dormido. Tienes la piel reactiva desde siempre y lo achacas a la genética.
Ninguna de esas cosas es normal. Son frecuentes, que no es lo mismo.
Y hay un dato que lo retrata con una crudeza incómoda: de las personas que tienen hinchazón abdominal, el 58,5 % no ha consultado nunca por ella. Casi un tercio de las que no consultan reconoce que se automedica o que le incomoda hablar del tema con su médico. Son datos de una encuesta a 88.795 personas publicada en Clinical Gastroenterology and Hepatology (Oh et al., 2023).
No es que la gente no tenga síntomas. Es que ha dejado de contarlos.
En este artículo te explico qué hay detrás de esos síntomas, por qué varios de ellos comparten la misma raíz, qué cuadros concretos hay que diferenciar —SIBO, IMO, disbiosis, hongos, Helicobacter pylori— y en qué orden se resuelve esto cuando se hace bien.
El directo completo
Desarrollé este tema en directo en Canal 5 TV. Si prefieres verlo antes de leer, aquí lo tienes completo:
1. Dónde estamos: el contexto que nadie te cuenta
Antes de hablar de tu síntoma concreto, mira el terreno.
En España, el 43,6 % de los adultos cumple criterios diagnósticos de al menos un trastorno de la interacción intestino-cerebro. Casi la mitad de la población. El más frecuente es el estreñimiento funcional, con un 12,8 % (Flores-Arriaga et al., Neurogastroenterology & Motility, 2023).
Y eso no está aislado. Va de la mano de todo lo demás:
- 55,8 % de los adultos españoles tiene exceso de peso y el 18,7 %, obesidad (ENE-COVID, n=57.131)
- 12 % tiene diabetes, y uno de cada tres de ellos no lo sabe (estudio di@bet.es)
- 20,8 % tiene síndrome metabólico y el 50,3 % es sedentario
- En torno al 25 % tiene hígado graso
Que algo sea frecuente no lo convierte en normal. Lo convierte en común. No es lo mismo.
El dato que más consultas explica
Aquí va el que más me interesa de todos:
El 80 % de las personas con hígado graso tiene las enzimas hepáticas normales (Brunt EM et al., Nature Reviews Disease Primers 1, 15080, 2015).
Es decir: se lo miran, les sale bien y se van a casa tranquilos.
Cuando alguien me dice en consulta «a mí me han hecho analítica y tengo todo bien», yo siempre pregunto lo mismo: ¿todo bien, o todo lo que te midieron salió dentro de rango? Porque no es lo mismo.
Y el fármaco más consumido de España
El omeprazol lleva años siendo el principio activo más consumido en España. Y el propio sistema sanitario público reconoce en sus documentos oficiales que entre el 50 % y el 70 % de las prescripciones de inhibidores de la bomba de protones son inadecuadas: la mayoría de indicaciones requieren entre cuatro y ocho semanas, pero muchos pacientes los toman durante años, sin indicación clara o por una patología ya lejana en el tiempo (SSPA, 2023).
Volveré sobre esto, porque es la mejor ilustración de lo que ocurre cuando se tapa un síntoma durante años. Y lo digo ya, porque lo repetiré: nadie debe retirar su medicación por su cuenta. Hablo de revisarla, no de suspenderla.
2. Lo que la gente da por normal
Pongámosle nombre a los síntomas, con la frase exacta con la que cada uno se desestima:
- Hinchazón y distensión — «es que me sienta todo mal»
- Gases y ruidos — «siempre he sido así»
- Ardor y reflujo — «tengo el omeprazol en la mesilla»
- Dolor de estómago o intestinal — «me habré puesto nervioso»
- Estreñimiento o diarrea — «yo voy cada tres días, es lo mío»
- Piel que se enciende: rosácea, acné, eccema — «es genética»
- Insomnio y cansancio — «duermo poco, pero funciono»
- Niebla mental — «será la edad»
Ocho quejas distintas. Casi nunca son ocho problemas distintos.
Por qué dejaste de escucharlas
Tiene nombre y es fisiología pura: se llama habituación. El sistema nervioso deja de registrar un estímulo que no cambia. Es lo que hace que entres en una habitación con aire acondicionado y a los diez minutos ya no lo oigas.
Es una función buenísima. Con el ruido del tráfico es perfecta.
El problema es que no distingue. Cuando el estímulo constante es una señal de tu propio cuerpo, esa misma función te sale muy cara: el aviso sigue sonando, tú has dejado de oírlo.
3. Lo que suele haber detrás: seis cuadros distintos
Esta es la parte que más desconoce la gente, y la que más condiciona el resultado del tratamiento. Síntomas parecidos, causas distintas.
SIBO: sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado
El duodeno y el yeyuno tienen muy poca carga bacteriana. El colon, muchísima. Cuando bacterias colónicas ascienden, fermentan donde no toca y producen gas. Ese gas no tiene salida eficaz: se acumula, distiende y duele.
El SIBO de hidrógeno suele dar distensión rápida tras la comida, tendencia a la diarrea y a perder peso.
En personas con síndrome de intestino irritable, la prevalencia agrupada de SIBO ronda el 38 %, pero con un matiz decisivo: sube al 40 % con test de aliento y baja al 19 % con cultivo de aspirado (Chen et al., Journal of Gastroenterology, 2018). Si alguien te da una cifra sin decirte con qué prueba se midió, esa cifra no significa nada.
IMO: cuando el gas es metano
Si el gas predominante no es hidrógeno sino metano, no hablamos de SIBO sino de IMO, sobrecrecimiento de metanógenos. Y no es un matiz de nombre: el microorganismo responsable, Methanobrevibacter smithii, ni siquiera es una bacteria. Es una arquea (Takakura y Pimentel, Frontiers in Psychiatry, 2020).
El cuadro típico es el contrario: estreñimiento, heces que flotan, gases sin olor, tendencia al sobrepeso y a un ánimo más bajo.
Y hay un detalle que explica muchos tratamientos fallidos: cuatro moléculas de hidrógeno producen una de metano. Al tratar el metano, el hidrógeno que las arqueas consumían queda libre y puede destaparse un sobrecrecimiento de hidrógeno. Por eso el seguimiento importa tanto como el tratamiento inicial.
Sobrecrecimiento sulfhídrico
Un tercer gas, el sulfuro de hidrógeno, producido por bacterias reductoras de azufre. Da gases muy malolientes, distensión más tardía y mayor permeabilidad intestinal.
Su problema es diagnóstico: en el test de aliento convencional da línea plana, así que sin sospecha clínica se etiqueta como negativo. Y la estrategia dietética es distinta: aquí la clave es el azufre, no la fibra fermentable.
Hongos y parásitos
El SIFO (sobrecrecimiento fúngico) y las parasitosis dan mucha clínica a distancia: piel, fatiga, ansiedad, intolerancias que se multiplican, picor, alteración del ritmo intestinal.
La Candida merece una aclaración, porque se usa mal. Que exista un sobrecrecimiento fúngico real y tratable es una cosa. Usar «candidiasis crónica» como explicación de todo lo que le pasa a una persona es otra muy distinta, y no se sostiene. Lo que sí es cierto es que la Candida se protege en un biofilm que ella misma fabrica, y que eso explica por qué los tratamientos cortos fracasan.
Disbiosis: el terreno
La disbiosis no es una cosa, son tres a la vez: pérdida de organismos beneficiosos, crecimiento excesivo de organismos potencialmente perjudiciales y pérdida de diversidad microbiana.
Lo relevante es que el equilibrio se desplaza de una microbiota sacarolítica —que fermenta fibra, produce butirato y acidifica el medio— a una proteolítica, que degrada proteína y produce amoníaco, aminas biógenas, indoles y escatol. Esa segunda alcaliniza el pH intestinal, lesiona la mucosa y sobrecarga el hígado.
Y caen las especies que nutren la propia pared: Akkermansia muciniphila y Faecalibacterium prausnitzii.
Tienes el mecanismo desarrollado en permeabilidad intestinal.
Helicobacter pylori: el que no da la cara
H. pylori está presente en el 44,3 % de la población mundial y en el 48,6 % de los adultos (Zamani et al., Alimentary Pharmacology & Therapeutics, 2018, 410.879 participantes de 73 países). Y más del 80 % de los infectados no tiene síntomas digestivos.
Lo que casi nadie explica es su relación con el ácido: vive en ambiente alcalino, así que la falta de ácido lo favorece, no al revés. Genera inflamación crónica de baja actividad en la mucosa gástrica y se asocia a cuadros que no parecen digestivos: anemia ferropénica, déficit de B12 —porque sin ácido no se libera la B12 de los alimentos—, rosácea, migraña y tiroiditis autoinmune.
Y un dato que conviene conocer: hasta el 89 % de los casos de cáncer gástrico pueden llegar a ser atribuibles a esta infección. No es un tema menor.
4. El círculo del ácido: cómo tapar un síntoma alimenta su causa
Aquí se cierra el hilo que abrí con el omeprazol.
Tienes ardor. Se interpreta como exceso de ácido y se tapa. Pero el ácido gástrico es, entre otras cosas, una barrera antimicrobiana. Si la bajas de forma sostenida, pasan microorganismos que antes no pasaban. Y aparecen gas, distensión, mala absorción y déficits de hierro y de B12.
Un meta-análisis de 29 estudios y más de 6.500 personas encontró que el uso de inhibidores de la bomba de protones duplica el riesgo de SIBO (OR 2,14), y que ese riesgo se cuadruplica a partir de los seis meses de tratamiento (OR 4,23) (Khurmatullina et al., Journal of Clinical Medicine, 2025).
Sé justo con el dato: otros dos meta-análisis centrados específicamente en pacientes con intestino irritable no encontraron esa asociación. La relación es consistente en usuarios de estos fármacos en general, no en todos los escenarios.
Y la paradoja que veo cada semana en consulta: mucha gente con ardor no tiene exceso de ácido, tiene poco. La acidez por hipoclorhidria existe, da síntomas casi idénticos y se trata justo al revés.
Repito el aviso: esto no es una invitación a dejar tu medicación. Es una razón para revisarla con quien te la prescribió y ponerle fecha de revisión, en lugar de una receta que se renueva sola.
5. Por qué el intestino acaba saliendo por otros sitios
La cadena es siempre la misma: disbiosis → pérdida de selectividad de la barrera → inflamación de bajo grado → síntomas a distancia.
La inflamación de bajo grado es un nivel discretamente elevado de citocinas, mantenido en el tiempo, que no da los signos clásicos: ni dolor, ni calor, ni enrojecimiento, ni hinchazón visible. Por eso pasa desapercibida durante años.
Intestino y piel
El ejemplo mejor documentado es la rosácea. En un estudio con 113 pacientes, el 46 % tenía SIBO frente al 5 % de los controles sanos. Tras erradicarlo con rifaximina, las lesiones desaparecieron o mejoraron mucho en 26 de 28 pacientes, mientras que en el grupo placebo 18 de 20 siguieron igual (Parodi et al., Clinical Gastroenterology and Hepatology, 2008).
El detalle que más me convence es otro: de 16 pacientes con test negativo tratados igualmente con el antibiótico, 13 no mejoraron. No era el antibiótico. Era corregir el sobrecrecimiento.
Lo he desarrollado en alimentación y rosácea y en acné y alimentación antiinflamatoria.
Toca frenar aquí: asociación no es causalidad. La evidencia apoya que el intestino contribuye, no que curarlo cure la piel en todo el mundo.
Intestino, hígado y peso
Esta parte es la que menos se asocia al digestivo y la que más consecuencias tiene.
La resistencia a la insulina hace que el hígado fabrique grasa y a la vez produzca más glucosa. El tejido graso inflamado gotea ácidos grasos libres, que son proinflamatorios y tóxicos para otros órganos. La microbiota proteolítica añade carga inflamatoria. Y el hígado graso deja de ser pasivo: libera proteína C reactiva, IL-6, TNF y factores de coagulación.
Resultado: más riesgo cardiovascular, más grasa visceral, más inflamación. Un bucle.
Y un dato que conviene tener delante: en personas con obesidad consideradas metabólicamente sanas —sin hipertensión, sin diabetes y sin dislipemia— el riesgo de insuficiencia cardiaca era un 96 % mayor y el de enfermedad coronaria un 49 % mayor que en personas con normopeso (Caleyachetty et al., Journal of the American College of Cardiology, 2017).
Que no tengas diagnóstico no significa que no tengas riesgo.
6. Por qué pasa: dos motivos lo explican casi todo
El eje intestino-cerebro
No es una metáfora. El intestino tiene su propio sistema nervioso, con cientos de millones de neuronas, y se comunica con el cerebro por tres vías: el nervio vago, el sistema inmune y los metabolitos de la microbiota.
La mayor parte de ese tráfico va de abajo hacia arriba. No al revés.
Esto tiene una consecuencia muy práctica. Cuando alguien llega con síntomas digestivos y le dicen «esto es de los nervios», ¿es verdad? Un estudio poblacional siguió a casi 1.900 personas durante un año: en dos de cada tres casos, el síntoma digestivo apareció antes que la ansiedad o la depresión (Koloski et al., Alimentary Pharmacology & Therapeutics, 2016).
Decir «es de los nervios» sin mirar nada más es, dos de cada tres veces, invertir la flecha.
Eso no niega el estrés. En voluntarios sanos, unos minutos de hablar en público bastaron para aumentar de forma medible la permeabilidad intestinal, y solo en quienes elevaron el cortisol de verdad; el efecto desapareció al bloquear previamente los mastocitos (Vanuytsel et al., Gut, 2014). El estrés cuenta. Lo que pasa es que no siempre va primero.
Y hay una palanca que sí se puede mover: el tono vagal. En voluntarios sanos, combinar respiración lenta profunda con estimulación vagal aumentó el tono vagal (p=0,009), mejoró la motilidad gastroduodenal (p=0,004) y elevó el umbral del dolor (p=0,001) (Frøkjaer et al., Neurogastroenterology & Motility, 2016).
Respirar despacio antes de comer no es un gesto simbólico. Es fisiología. Más sobre esto en sistema nervioso autónomo, microbiota y eje intestino-cerebro.
El reloj
Tu microbiota no es una foto fija. Cambia de composición, de localización dentro del intestino y de metabolitos a lo largo del día. Tu epitelio no «ve» las mismas bacterias a las ocho de la mañana que a las once de la noche (Thaiss et al., Cell, 2014 y 2016).
Lo desarrollo en microbiota y ritmos circadianos.
Y aquí está el detalle que más sorprende a la gente: el intestino delgado tiene un sistema de limpieza, el complejo motor migratorio. Son ondas que lo barren de arriba abajo arrastrando restos y bacterias hacia el colon. Solo se activa en ayunas y se interrumpe en cuanto comes (Deloose et al., Nature Reviews Gastroenterology & Hepatology, 2012).
Desayuno, café con algo, fruta a media mañana, comida, snack, merienda, cena, infusión con una onza. El turno de limpieza no entra nunca.
Honestidad: la fisiología es sólida, pero ningún ensayo clínico ha demostrado que picar entre horas cause SIBO. Es una razón fisiológica de peso para espaciar las ingestas, no una ley.
Las dos medidas más rentables, y son gratis
Cenar pronto. Cenar a menos de tres horas de acostarse se asoció a una probabilidad de reflujo 7,45 veces mayor (Fujiwara et al., American Journal of Gastroenterology, 2005). Y en un estudio prospectivo posterior fue el único factor que predijo la recaída (Yang et al., 2014).
Dormir. Bajar de ocho a cinco horas y media de sueño reduce a la mitad la quema de grasa, altera el control de la glucosa y eleva la grelina, que es la hormona del hambre. Y en trastornos digestivos, lo que más pesa no es el turno de noche: en un estudio con 1.335 enfermeras, el insomnio duplicaba el riesgo de intestino irritable mientras que trabajar de noche, por sí solo, no resultó significativo. Más sobre esto en insomnio moderno: la causa real.
7. Por qué no hay que normalizarlo
Y llegamos a la pregunta de verdad: ¿qué pasa si lo dejo estar?
Pasa que un síntoma no se queda quieto.
Primero es un aviso: algo que aparece de vez en cuando. Después viene la costumbre: te habitúas, dejas de contarlo, lo tapas. Después aparece un cuadro: ya no es solo la digestión, ahora también la piel, el sueño, el ánimo, el peso. Y al final llega un diagnóstico.
Pero atención: lo que llega tarde no es la enfermedad. Es el nombre que se le pone.
La enfermedad crónica casi nunca empieza el día del diagnóstico. Empieza años antes, con algo que alguien decidió que era normal.
Un ejemplo concreto y comprobado: una gastroenteritis. En un meta-análisis de 45 estudios y 21.421 personas, el 10 % desarrolló intestino irritable en los doce meses siguientes, con un riesgo 4,2 veces mayor (Klem et al., Gastroenterology, 2017). Si tu historia empieza con «desde aquel virus del verano», no es casualidad.
8. Los síntomas que no debes dejar pasar
Dos listas distintas. Son distintas a propósito.
Consulta médica sin esperar
- Pérdida de peso que no buscabas
- Sangre en las heces o heces negras
- Anemia o ferritina que baja sin explicación
- Dificultad o dolor al tragar
- Vómitos que no ceden
- Fiebre sin causa clara
- Dolor que te despierta por la noche
- Un bulto nuevo, duro o que crece
- Síntomas digestivos que empiezan después de los 50
Eso no se trabaja desde casa.
Y un aviso de guía clínica: ante hinchazón persistente, lo primero es descartar la enfermedad celíaca con una analítica. Y hay que hacerla comiendo gluten: si lo quitas antes, ya no se puede descartar (AGA Clinical Practice Update, Gastroenterology, 2023).
No es urgente, pero no es normal
- Hincharte todos los días, comas lo que comas
- Necesitar un protector gástrico para vivir tranquilo
- Ir al baño cada tres días y llamarlo normalidad
- Dormir siete horas y levantarte como si no hubieras dormido
- Cansancio que no mejora ni con el fin de semana
- Piel que se enciende sin que nadie sepa por qué
- Niebla mental por la tarde
- Que todo te siente mal y cada mes tengas menos alimentos que puedas comer
Esta segunda lista es exactamente mi terreno de trabajo.
9. Cómo se aborda esto en consulta
Te cuento cómo trabajo cada caso, porque creo que entender el proceso ayuda más que cualquier lista de suplementos.
1. El presente. Qué síntoma exactamente, cómo, cuándo y dónde. Qué lo mejora y qué lo empeora. Y un objetivo concreto, uno solo.
2. El inicio y la evolución. Desde cuándo, cómo empezó y qué pasaba en tu vida entonces. Casi siempre ahí está la pista. Qué has probado y qué te funcionó.
3. Hipótesis y descarte. Banderas rojas primero, siempre. Después, qué explicaciones encajan y cuáles se caen.
4. Diagnóstico funcional. Y ojo a la diferencia: no una etiqueta, un mecanismo. No «tienes colon irritable», sino qué está fallando y por qué.
5. Plan y pronóstico. Por fases, con orden, con plazos realistas y avisando de las dificultades del camino.
Las dos preguntas con las que abro una primera consulta son siempre las mismas: ¿qué hace tiempo que le falta? y ¿qué hace tiempo que le sobra?
Qué miramos y para qué
Las pruebas vienen después de la hipótesis, nunca antes. Cada una responde a una pregunta concreta:
- Analítica funcional. No solo si estás dentro de rango: dónde estás dentro del rango. Hierro y ferritina, B12, vitamina D, tiroides completa, marcadores de inflamación, resistencia a la insulina.
- Test de gases espirados. Hidrógeno y metano, para diferenciar SIBO de IMO. Los criterios de consenso son ≥20 ppm de hidrógeno a los 90 minutos y ≥10 ppm de metano en cualquier momento (Rezaie et al., American Journal of Gastroenterology, 2017).
- Test de microbiota. Diversidad, especies protectoras, microbiota proteolítica, hongos, parásitos y marcadores de barrera.
- Estudio metabólico con calorimetría indirecta y VO₂ máx: cómo usas tu combustible y qué capacidad real tienes.
Una prueba pedida sin hipótesis casi nunca aporta información útil. Y un resultado positivo aislado tampoco cierra un diagnóstico: se interpreta con la historia clínica delante.
Y después, el orden
El orden importa más que los suplementos:
- Dejar de tapar. Revisar qué se está silenciando y con qué, siempre con quien lo prescribió.
- Preparar el terreno. Ácido gástrico, enzimas, bilis y motilidad. Sin esto, nada de lo demás se sostiene.
- Tratar lo que haya. Y tratarlo bien: el protocolo cambia según el gas, el microorganismo y el biofilm.
- Reconstruir. Mucosa, barrera y diversidad microbiana. Esta fase se mide en meses, no en semanas.
- Sostener. Luz, horarios, sueño, movimiento y estrés. Es lo que decide si recaes o no.
La mayoría de la gente empieza por el paso 4 comprando probióticos y se salta el 1, el 2 y el 5. Ahí está la diferencia entre mejorar y recaer.
Puedes profundizar en las bases prácticas en alimentación antiinflamatoria y en cómo reducir la hinchazón abdominal.
Si te has reconocido en esto, hablemos
Soy Rubén Úbeda, psiconeuroinmunólogo y fundador de la Clínica Vitaltrain, en Valencia.
Lo que hago en consulta es exactamente lo que acabas de leer: ordenar tu historia, encontrar el mecanismo que explica tus síntomas y construir un plan por fases. No doy dietas genéricas ni protocolos iguales para todos, porque el mismo síntoma tiene causas distintas en personas distintas.
La primera valoración incluye:
- Anamnesis completa, con el tiempo que hace falta para hacerla de verdad
- Revisión de tus analíticas previas con criterios funcionales
- Hipótesis diagnóstica y, si procede, las pruebas que la confirmen
- Un plan por fases, con orden y con plazos realistas
Consulta presencial en Valencia y online para toda España.
📍 Carrer de Sorní 40, València · Centro Sanitario Nº Registro 22433 📞 640 92 42 38 · Lunes a viernes, de 9:00 a 20:00
¿No sabes si tu caso encaja? Empieza por el cuestionario de salud digestiva: son unos minutos y me da una primera foto de lo que te pasa.
Otras formas de empezar
No todo el mundo necesita lo mismo, y no hace falta empezar por la consulta.
- El libro. Regenera tu Salud: el método completo, ordenado y explicado para que lo apliques tú.
- La formación. Los cursos de la Escuela de Salud Integrativa, si lo que quieres es entender a fondo tu propia fisiología.
- El acompañamiento. Este otoño abro la Comunidad Vitaltrain: formación nueva cada mes, sesiones en directo y resolución de dudas. Ahora mismo está en lista de espera.
Preguntas frecuentes
¿Cuánta hinchazón es normal después de comer? Notar algo de plenitud tras una comida copiosa es fisiológico. Hincharte a diario, con cualquier comida, hasta tener que aflojarte la ropa, no lo es. La frecuencia y el impacto en tu vida son mejores criterios que la intensidad puntual.
¿Cómo sé si tengo SIBO o IMO? Por la clínica y por el gas. El SIBO de hidrógeno tiende a diarrea y a distensión rápida; el IMO, de metano, tiende a estreñimiento, heces que flotan y gases sin olor. Pero la sospecha clínica se confirma con un test de gases espirados que mida ambos, y se interpreta con la historia delante. Un positivo aislado no es un diagnóstico.
¿Un test de aliento positivo significa que tengo SIBO? No por sí solo. En el mayor meta-análisis de casos y controles, cerca del 30 % de las personas sanas también daba positivo. Por eso el test se lee con la clínica, no al revés.
¿Tengo que quitar el gluten y los lácteos? No por defecto, y hay una razón muy concreta: para diagnosticar la celiaquía hay que estar comiendo gluten. Si lo quitas antes de la analítica, te quedas sin poder descartarla. Además, las retiradas largas sin criterio empobrecen la dieta y reducen la diversidad microbiana, que es justo lo contrario de lo que buscas.
Preguntas frecuentes
¿Y las dietas bajas en FODMAP? Son una herramienta temporal, de cuatro a seis semanas, no un estilo de vida. Reducirlos puede bajar de forma importante las bifidobacterias, que son las que fabrican butirato, el alimento de las células del colon. Se usan para bajar síntomas mientras se trabaja la causa, y se sale de ellas.
¿Los probióticos sirven? Algunos, para algunas cosas, y depende mucho de la cepa. Hablar de «los probióticos» como categoría es como hablar de «las pastillas». Lo que no funciona es tomarlos sin haber corregido horarios, sueño y estrés: es poner semillas en un terreno que sigue igual.
¿La disbiosis se cura? Se modifica. La microbiota cambia con la alimentación, los horarios, el sueño, el ejercicio y los fármacos. Lo que no funciona es pensar en términos de cura definitiva con un producto: el tratamiento del SIBO con rifaximina erradica en torno al 59 % de los casos, y la recurrencia es frecuente si no se corrige la causa.
¿Cuánto tarda en notarse una mejoría? Depende de la raíz. Los cambios de horario y de cena se notan en el reflujo y en el descanso en una o dos semanas. La recuperación de la barrera y la microbiota se mide en meses. Desconfía de quien te dé plazos exactos.
¿Esto lo cubre la sanidad pública? El descarte de lo grave, sí, y hay que hacerlo ahí. Lo que yo aporto es otra capa: mirar por qué ha pasado, no solo si hay una enfermedad diagnosticable. Son cosas complementarias, no enfrentadas. De hecho, lo primero que hago con muchos pacientes es decirles que vayan a su médico.
Para terminar
Si has llegado hasta aquí reconociéndote en tres o cuatro de estos síntomas, no te quedes con la lista. Quédate con la idea.
No tienes ocho problemas. Probablemente tienes uno, contado de ocho maneras. Y lo que lo mantiene en pie no es la falta de información: es la costumbre.
Acostumbrarte a un síntoma no lo convierte en normal.
Buscando la raíz, se sana desde el origen.
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Rubén Úbeda Rubio T.S.D. Sanitario Colegiado 2209 · Clínica Vitaltrain, Centro Sanitario Nº Registro 22433
Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional sanitario. No suspendas ninguna medicación sin consultar con quien te la prescribió.